Cada 20 de junio, la Argentina se detiene a mirar al cielo, pero en el NEA esa mirada tiene un brillo distinto. No es solo el aniversario del paso a la inmortalidad de Manuel Belgrano; es el reencuentro con un hombre que caminó nuestro suelo, que fundó pueblos en el litoral y que vio en los colores del firmamento la identidad de una nación que recién nacía.

Para nosotros, los chaqueños, la bandera no solo flamea en los mástiles de las plazas; está presente en el blanco de nuestros campos de algodón, en el reflejo del Paraná y en ese sol radiante que castiga y abraza por igual. Belgrano, en su paso hacia el Paraguay, sembró en esta región los valores de libertad y educación que hoy, más de dos siglos después, seguimos defendiendo en cada aula y en cada puesto de trabajo.
La bandera es, en definitiva, el hilo invisible que une la historia de los próceres con la lucha cotidiana de nuestra gente. Es el guardapolvo blanco de los chicos que hoy harán su promesa en Laguna Blanca, Fontana o en El Impenetrable Chaqueño y es la esperanza de un futuro que, como nuestro horizonte, siempre busca ser celeste y blanco.






