A unos 200 kilómetros de la capital santiagueña, la localidad de Quimili Paso se convirtió en un modelo de sustentabilidad. A través de la Asociación Adobe y el trabajo de sus artesanos, lograron frenar el desmonte, recuperar especies autóctonas y proyectar sus muebles y tejidos al mundo.

En medio del paisaje árido del monte santiagueño, donde los nombres de los parajes suelen evocar la búsqueda desesperada de agua —Brea Pozo, Alto Pozo, Burro Pozo—, Quimili Paso emerge como un oasis de resiliencia cultural y ambiental. Lo que comenzó como un pueblo forestal marcado por la producción de carbón, hoy se reinventa mediante el rescate de oficios y la protección de su ecosistema.
El legado de la Asociación Adobe
Gran parte de esta transformación se debe a la labor de la asociación civil Adobe, impulsada por Andreina Bassetti de Rocca (quien falleció en 2024 a los 99 años). A principios de este siglo, la organización adquirió más de 1.800 hectáreas donde vivían 27 familias, trabajando no solo en la regularización de la tenencia de la tierra, sino también en el fomento de emprendimientos sustentables.
Uno de los hitos más significativos es la creación de la Reserva Amílcar Romeo. En apenas dos décadas, este espacio logró recuperar especies nativas de flora y fauna que habían desaparecido por el desmonte, como la sachacabra, el pecarí de collar y el oso hormiguero. Además, el predio cuenta con un vivero nativo, una huerta orgánica y producción de miel y mermelada de tuna.

Identidad en barro y madera
La fe y la arquitectura local también tienen su lugar con la Capilla de Quimili Paso. Construida en 2006 con la técnica tradicional de adobe, la iglesia resguarda una imagen de la Virgen Niña traída desde Milán. Su construcción fue dirigida por la familia Galeano, una estirpe de artesanos que hoy tiene en Renzo Galeano a su máximo exponente.
Renzo Galeano es hoy un referente indiscutido de la ebanistería santiagueña. Desde su showroom construido también en adobe a la vera de la ruta, trabaja maderas de algarrobo y chañar con técnicas heredadas de sus antepasados. “Para que la madera de chañar dure cien años, tenemos dos semanas al año para cortarla, con luna en cuarto menguante”, explica el artesano, quien ha logrado llevar el diseño del monte santiagueño a mercados nacionales e internacionales.

Tejidos con historia
El círculo de saberes se completa con Lara Lladhon, esposa de Renzo, quien a través de su sello «Pintuna» elabora piezas textiles y baetones —colchas tradicionales tejidas en telar criollo—. Juntos, representan una nueva generación que rinde culto a sus raíces sin dejar de mirar al futuro.
Para quienes deseen conocer este rincón de Santiago del Estero, se recomienda visitar la reserva y la capilla con cita previa, evitando las altas temperaturas del verano. Los interesados pueden contactarse al (3844) 58-6403 para coordinar visitas y sumergirse en esta experiencia que demuestra que el monte, cuando se lo cuida, devuelve vida y arte.






